miércoles, 11 de febrero de 2009

Más de Marco Antonio Gonzales, de Nuevo León

PRELUDIO

José Antonio Ramos Sucre


Yo quisiera estar entre vacías tinieblas, porque el mundo lastima cruelmente mis sentidos y la vida me aflige, impertinente amada que me cuenta amarguras.

Entonces me habrán abandonado los recuerdos: ahora huyen y vuelven con el ritmo de infatigables olas y son lobos aullantes en la noche que cubre el desierto de nieve.

El movimiento, signo molesto de la realidad, respeta mi fantástico asilo; mas yo lo habré escalado de brazo con la muerte. Ella es una blanca Beatriz, y, de pies sobre el creciente de la luna, visitará la mar de mis dolores. Bajo su hechizo reposaré eternamente y no lamentaré más la ofendida belleza ni el imposible amor.



José Antonio Ramos Sucre (Cumaná, Estado Sucre), 9 de junio de 1890-Ginebra (Suiza), 13 de junio de 1930), poeta, educador y diplomático venezolano. Considerado uno de los más destacados escritores e intelectuales de la historia literaria del país.

ahora que las hojas se menean con el viento


Carlos Sánchez


Las nubes avasallan mis pupilas. Anoche soñé a mi padre en su cama sucia y lleno de alcohol en la panza. Miento si digo que estaba ebrio. Nunca se emborrachaba. Siempre tomaba. Mi madre me ha dicho que necesita luz, que encienda una veladora. Yo me dispongo en la imaginación a tomar una escoba para limpiar su tumba. ¿Su tumba? Si sólo hay una plancha de cemento a medio terminar. Esa es su tumba. Y olvido la dirección, sólo doy a veces con ella y por inercia del recuerdo de ese instante de entrarlo en una caja en el vació del hoyo.Las nubes se estrellan en la memoria y dibujan las palabras que mi padre pronunciaba lleno de felicidad cuando ya el chubasco inundaba el techo, el patio, los rincones de la casa.Esta mañana después de evocar a mi padre en sueños, he llegado a la casa de la Cuca, y se apersonan los recuerdos de los camaradas muertos: el Juanito, David, Víctor Hugo. A unas cuadras de esta casa vivió el Abigael, poeta de apellido y de pasos indagando siempre la ciudad con sus naranjos en los camellones del boulevard de la opulencia.Qué si camino hacia el norte y entro en el camposanto para ver si los muertos se levantan para disfrutar conmigo el dolor de las nubes entrando en el cuerpo. Me he dicho. Y me aposento mejor a ver el horizonte debajo de los árboles de la casa de la Cuca. Porque no tengo el valor de increpar los nombres de mis muertos dentro ya de su casa que es la única verdad en este imaginar.A mi padre creo que lo evoco siempre porque fue el constructor de un discurso sin violencia, a diferencia de los gritos en boca de la otra familia que encontraba en mi existencia un desahogo para sus frustraciones.Ahora que he crecido en los años los amigos se le parecen a mi padre con su voz pausada, y es inevitable recordarlo a diario. Y ahora mis amigos me protegen y me tienden como capa sobre las piernas una tela para amainar el frío. Y sirven café para mis tripas.
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